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PRISONEROS Y GUERRILLAS

Trabajos forzados, un castigo cruel y un gran negocio


Treinta mil personas trabajaron como esclavos en el Campo de Gibraltar entre 1939 y 1943. Eran presos republicanos utilizados como mano de obra cautiva que construyeron una serie de infraestructuras para el llamado Plan de Fortificaciones del Estrecho.
Pasando hambre, frío y enfermedades y viviendo a la intemperie, los presos hicieron a pico y pala una red de carreteras, baterías de artillería, túneles, estaciones eléctricas, surtidores de gasolina, dos hospitales y todo tipo de instalaciones militares que permitieran controlar el Estrecho y combatir contra los aliados en la Segunda Guerra Mundial.
El régimen franquista mataba así dos pájaros de un tiro: castigaba cruelmente a los vencidos en la guerra y ahorraba dinero en las obras para sus planes de guerra.




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Del lado de Hitler


La mayoría de los presos que trabajó en las obras de fortificación del Estrecho provenía del norte de España. El régimen franquista los aislaba así doblemente: de su familia y del entorno social más cercano. Una crueldad más que añadir a la penosa situación en que vivían. Mal alimentados y debilitados por las enfermedades, muchos de ellos murieron. Y todo para satisfacer otra ambición de Franco: Entrar en la Segunda Guerra Mundial del lado de Hitler, invadir Gibraltar, controlar el Estrecho y apoderarse de las colonias francesas del Norte de África. Ése era el verdadero objetivo de unas obras que empezaron en mayo de 1939, meses antes de que Alemania invadiera Polonia y comenzara la Segunda Guerra Mundial.

El objetivo inicial del plan de la citada comisión era atacar la base británica de Gibraltar y cerrar el Estrecho al tráfico marítimo. Esta operación militar, como hemos visto, se comienza a plantear bastantes meses antes de septiembre del 39 cuando Alemania invade Polonia y oficialmente comienza la Segunda Guerra Mundial.




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Miles de esclavos para unas obras militares inútiles


Las obras de fortificación del Estrecho, que empezaron en 1939, acabaron en 1943, justo cuando los nazis comenzaron a perder la guerra frente al empuje de la Unión Soviética. Franco vio que ya no tenía sentido apoyar a Alemania y, para justificar su giro a favor de Estados Unidos y los aliados, empezó a decir que las obras eran meramente defensivas y no ofensivas. Las potencias occidentales nunca pensaron invadir España, pero las obras quedaron ahí. Nidos de ametralladoras, búnkeres, carreteras y caminos son vestigios de una historia terrible: la de decenas de miles de personas que las hicieron con su trabajo esclavo, su esfuerzo y sacrificio nunca reconocidos.


 
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Muchas carreteras actuales fueron construidas por los presos republicanos


Los habitantes del Campo de Gibraltar nos seguimos hoy beneficiando del trabajo que como esclavos hicieron los prisioneros republicanos desde Conil hasta Torreguadiaro. Ellos construyeron con sus manos todo un entramado de caminos por la costa y el interior que sigue siendo muy utilizado. Miles de personas circulan hoy con sus coches, motos, camiones o furgonetas por algunas de estas carreteras: la que va desde Algeciras a la playa de Getares y el faro de Punta Carnero; las que enlazan la carretera Nacional 340 con Bolonia o Punta Paloma, en Tarifa; el tramo Jimena-Atajate de la actual San Roque-Ronda; o la que une Castellar con Sotogrande. Todos estos caminos y más son el legado de unos hombres que fueron castigados por el único delito de defender la democracia, la justicia y la libertad. Conviene no olvidarlo ni olvidarlos.


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Los guerrilleros


Acabada la guerra de España, cientos de guerrilleros antifranquistas lucharon en los montes del Campo de Gibraltar desde Tarifa hasta Ronda. Esperanzados con la idea de que las democracias occidentales ayudarían para derrotar a Franco al acabar la Guerra Mundial, lucharon contra la dictadura con el objetivo de restablecer la República. No cejaron hasta comenzada la década de los cincuenta, cuando ya hacía tiempo que las potencias occidentales se habían olvidado de España. Pero ellos no. Aún en 1949 comunistas y anarquistas constituían en la sierra de Las Cabras, al noreste de la provincia de Cádiz, el Estado Mayor de la Agrupación Guerrillera Fermín Galán.

Los primeros en engrosar las filas guerrilleras fueron muchos militantes de sindicatos y partidos de izquierdas que, huyendo de la represión franquista, se habían ido a vivir al monte aún antes de que acabara la guerra. 







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El final de la actividad guerrillera


Bernabé López Calle, el comandante Abril, y Pablo Pérez Hidalgo, Manolo el Rubio, fueron los máximos dirigentes de la Agrupación Guerrillera Fermín Galán. El primero era militante del sindicato anarquista CNT y el segundo del Partido Comunista de España (PCE). Algunos de sus integrantes eran socialistas y otros republicanos.

El final de esta agrupación se produjo se produjo con una matanza en Algatocín (Málaga). La Guardia Civil se conchabó con los dueños de un caserón donde solían cenar los guerrilleros. Los guardias se escondieron en el techo y dispararon a quemarropa contra ellos mientras cenaban. El aislamiento, la acción de la Guardia Civil, la represión contra las familias, las delaciones y la falta de ayuda exterior acabaron con la actividad guerrillera en Andalucía. Muchos combatientes murieron en la lucha y otros sucumbieron a la larga noche del franquismo, pero todos intentaron devolver a España la luz de la justicia social y la libertad que la República había traído también al Campo de Gibraltar.


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