Nuestra historia empieza a ver la luz

"A tu padre lo mataron en La Sauceda. A tu abuela la fusilaron en El Marrufo".
Era lo único que durante décadas habían oído sobre sus mayores los hijos o nietos de los antiguos habitantes del valle, hoy desperdigados por media España. Pero nadie sabía dónde ni cómo murieron y menos dónde estaban enterrados.

Setenta y cinco años después del bombardeo de La Sauceda y de los crímenes de El Marrufo, un grupo de hijos y nietos de personas allí asesinadas empezamos a hacer un poco de luz en la historia de nuestros antepasados. Un equipo de arqueólogos, antropólogos físicos, historiadores y estudiantes coordinados por el Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar, realizó en agosto de 2011 una serie de sondeos en un paraje desarbolado del cortijo. Localizaron restos óseos de cuatro personas y más de 70 evidencias balísticas, de armas largas y cortas, usados en los asesinatos. Años de investigación en archivos y de entrevistas a supervivientes daban por fin sus frutos: Allí había fosas comunes fruto de la represión fascista. Las familias empezábamos a saber más sobre nuestros padres o abuelos.

 
Prospecciones


Hablar en público sobre los crímenes del franquismo era una temeridad durante la dictadura. Contar que tu padre había sido fusilado en el Marrufo o en La Sauceda, lo mismo. La historia de cada persona asesinada y el dolor de sus familiares se quedaron en el ámbito privado de cada hogar. Y a veces ni eso. Muchos eran los hombres y mujeres que no les contaban a sus hijos lo ocurrido a sus familiares. El miedo a que fuesen señalados como rojos y que les pasara a ellos lo mismo los atenazaba. Este silencio duró más que la propia dictadura. En Ubrique, pocas personas hablaban del cerrillo de los muertos para referirse a donde se suponía que estaban enterrados algunos de los fusilados en el Marrufo. En un claro del monte, en ligera pendiente a espaldas del cortijo, apareció una pequeña cruz de hierro clavada en el suelo junto a un montón de piedras, lo que la gente del campo conoce como majanos. Y cuando los temporales o los animales la derribaban, alguien la volvía a poner de pie.

A principios del siglo XXI, los historiadores Carlos Perales Pizarro, en Alcalá de los Gazules, Fernando Sígler Silvera y Antonio Morales Benítez de la Asociación Papeles, en Ubrique, o investigadores como Manuel Ramírez López y José Ignacio Gómez Palomeque, de la Asociación Memoria Histórica Jerezana, investigaron desde diferentes ópticas sobre la guerra civil en la provincia y empezaron a echar un poco de luz sobre lo ocurrido en el Marrufo.

En 2009 el área de Memoria Histórica de la delegación de Ciudadanía de la Diputación de Cádiz financió una investigación histórica preliminar sobre las fosas comunes de la finca El Marrufo, investigación que llevó a cabo la Asociación Papeles de Historia durante los meses de marzo a septiembre de 2009. Los historiadores de la asociación acudieron a diferentes archivos, recopilaron testimonios orales de familiares y testigos de la época y visitaron con los testigos el lugar principal donde podrían situarse las posibles fosas comunes dentro de la finca El Marrufo.

En unas jornadas sobre memoria histórica celebradas en 2009 en Jimena de la Frontera un grupo de personas se comprometió a trabajar para reconstruir todo lo ocurrido en La Sauceda y el Marrufo. Y así se llegó a 2011 cuando el Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar consiguió una subvención del Ministerio de la Presidencia para realizar un proyecto de prospección, catas y localización de las fosas comunes del cortijo del Marrufo. En agosto de aquel año, después de años de investigación en archivos y de entrevistas a supervivientes, un grupo de arqueólogos coordinados por el Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar efectúa en el paraje señalado del Marrufo unas prospecciones y catas preliminares siguiendo las orientaciones de testigos de la época, que habían señalado estos puntos como probables lugares de enterramiento clandestino. El terreno a prospectar ocupaba un tamaño de aproximadamente 3,5 hectáreas, que se dividió en diferentes áreas para realizar los trabajos con mayor precisión. Frutos de los sondeo y catas siguientes se localizaron los restos de cuatro personas y unos cien trozos de balas y proyectiles usados en los fusilamientos. Todas estas evidencias estarían daban mayor verosimilitud a los testimonios orales de los supervivientes y sus familiares que designaban este lugar como lugar de ejecución y enterramiento durante la guerra civil y cuyas posibles fosas estarían delimitadas por agrupaciones de piedras o majanos. Confirmada la existencia de restos óseos en las fosas comunes, los arqueólogos tomaron medidas para, sin proceder a la extracción de los esqueletos, taparlos y garantizar la buena conservación de los mismos hasta que se pudiera realizar una excavación con todos los requisitos científicos y legales que una actuación de esta naturaleza exige.