Un poblado de trabajadores bien organizado

Bajo el manto de alcornoques y quejigos, multitud de casas y chozas se levantaban en el valle de La Sauceda durante la Segunda República. Una ermita, un horno comunitario, varias tiendas y un colegio eran utilizados por sus habitantes en su poblado central, donde hoy están las casas rehabilitadas para uso recreativo de turistas y visitantes. Pero había más zonas habitadas por el valle, dividido en cantones.
En total allí vivían unas dos mil personas que trabajaban en la ganadería, el carbón, el corcho, o el contrabando con productos llegados de Gibraltar.

En las dos primeras décadas del pasado siglo XX, en el valle de La Sauceda había once núcleos habitados, además del que conocemos hoy que se extiende junto al arroyo que pasa cerca de la ermita. Todos ellos estaban comunicados y muy relacionados por lazos familiares y de vecindad.
El historiador Fernando Sigler, en su libro La Sauceda y el Marrufo, de la resistencia republicana a la represión franquista, explica que en el padrón de 1924 de Cortes de la Frontera, los doce núcleos figuran agrupados bajo el nombre de Sección Cuarta de Sauceda.

 
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 La población registrada en esta sección asciende a 1.395 habitantes. Las 349 familias empadronadas se distribuían por las siguientes aldeas o núcleos de población: Bañuelo, Breña redonda, Cerquijos, Diego Duro, Las Huesas, Loma del moral, Majada del moral, Majada Jiralde, Parralejos, Pasa la Llana, Ramblanzo y Sauceda.

Los trabajos forestales, el corcho, el carbón, la leña, la agricultura y la ganadería eran las principales actividades económicas del valle, pero en el padrón de profesiones también podemos encontrar zapateros, herreros, arrieros, albañiles, tenderos, propietarios, industriales, labradores y molineros. En 1924, según los datos aportados por Sigler, el jornal que ganaban los trabajadores del campo en La Sauceda era en general de tres pesetas diarias para los adultos y de dos para los jóvenes. El jornal de los herreros variaba entre dos y cuatro pesetas, y las viudas cabezas de familia dedicadas a sus labores figuraban con un jornal de 1,25 pesetas. El jornal medio era en este núcleo de 2,66 pesetas.

Estas actividades eran, junto con los huertos familiares y el contrabando de productos traídos de Gibraltar, las principales fuentes de ingreso de una población que ya fue citada por Miguel de Cervantes en el siglo XVII, en su obra El coloquio de los perros: “Dejólos encerrados, y volvió a coger los trofeos de la batalla, que fueron tres vainas, y luego se las fue a mostrar al asistente, que, si mal no me acuerdo, lo era entonces el licenciado Sarmiento de Valladares, famoso por la destruición de La Sauceda. Miraban a mi amo por las calles do pasaba, señalándole con el dedo, como si dijeran: Aquél es el valiente que se atrevió a reñir solo con la flor de los bravos de la Andalucía”.

Las palabras del autor de El Quijote hablan ya de una historia de resistencia que se iba a repetir cuatro siglos más tarde. Se refería Cervantes a la campaña de represión contras los moriscos que aún vivían según sus propias costumbres en las sierras de Ronda y Cádiz, después de que Felipe II ordenase una campaña militar contra ellos. Este texto y otros han dado paso a una especie de mito que pinta a La Sauceda como lugar desde entonces habitado por gentes marginadas, rebeldes o desahuciadas. La realidad desmiente la leyenda. La riqueza forestal de La Sauceda hizo que en el siglo XV los municipios de Jerez y Ronda tuvieran un largo pleito por estas tierras. Y ya en el siglo XVI fue Alcalá de los Gazules quien pleiteó con el municipio de Ronda para quedarse con las dehesas de La Sauceda. Ganó el ayuntamiento malagueño, pero en el siglo XVIII, Cortes de la Frontera se separa de Ronda y los habitantes de La Sauceda son vecinos tan normales como los demás, dedicados fundamentalmente a la ganadería. Con bellotas y pastos alimentaban ganado vacuno y porcino en las 2.160 fanegas de terreno que el municipio tenía allí. En el siglo XIX ya hay vecinos de La Sauceda ligados al movimiento obrero que participan en los congresos de la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE), la sección española de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). A principios del siglo XX ya hay una escuela y en 1923 se construye la ermita cuyos restos aún siguen en pie. Varios molinos que aprovechan la corriente del arroyo y varios hornos surten a la población de harina y pan. El corcho, el carbón y el ganado que producen los habitantes del valle se venden en Jerez y en otras ciudades de Cádiz y Málaga. La información que obra en los archivos y los testimonios orales de los supervivientes hablan de un poblado muy integrado y comunicado con el resto de poblaciones de la serranía. Los habitantes de La Sauceda tenían muchas relaciones económicas, comerciales y familiares tanto con los habitantes de Cortes de la Frontera como con los de las pedanías, aldeas y núcleos habitados del término municipal de Jerez que, en número de 96, se repartían por toda la franja norte de la provincia de Cádiz que toca con el de Cortes ya en el valle de La Sauceda. Jimena, Algar, Ubrique o la entonces pedanía jerezana de San José del Valle eran otras poblaciones cercanas y relacionadas con sus habitantes. La llegada de la República es bien recibida en La Sauceda, donde viven muchos simpatizantes republicanos, socialistas y anarquistas. Las elecciones de febrero de 1936 dan en Cortes el triunfo al Frente Popular y en La Sauceda es nombrado alcalde Miguel Pérez Pérez, al que la gente llama Polonio.