Del lado de Hitler


La mayoría de los presos que trabajó en las obras de fortificación del Estrecho provenía del norte de España. El régimen franquista los aislaba así doblemente: de su familia y del entorno social más cercano. Una crueldad más que añadir a la penosa situación en que vivían. Mal alimentados y debilitados por las enfermedades, muchos de ellos murieron. Y todo para satisfacer otra ambición de Franco: Entrar en la Segunda Guerra Mundial del lado de Hitler, invadir Gibraltar, controlar el Estrecho y apoderarse de las colonias francesas del Norte de África. Ése era el verdadero objetivo de unas obras que empezaron en mayo de 1939, meses antes de que Alemania invadiera Polonia y comenzara la Segunda Guerra Mundial.

El objetivo inicial del plan de la citada comisión era atacar la base británica de Gibraltar y cerrar el Estrecho al tráfico marítimo. Esta operación militar, como hemos visto, se comienza a plantear bastantes meses antes de septiembre del 39 cuando Alemania invade Polonia y oficialmente comienza la Segunda Guerra Mundial.




Hitler

Es también anterior a las sucesivas operaciones para ocupar el peñón de Gibraltar que desarrollaría el eje italo-alemán, como la operación Félix en julio-agosto de 1940, la operación Illona de 1942, o la operación Gisela, en 1943. En todas estas operaciones italianos y alemanes tuvieron cierto apoyo por parte de las autoridades españolas, sin la cual éstas no se podrían haber desarrollado. La singularidad del plan español que arranca en agosto de 1939 es, por un lado, su momento en el tiempo y por otro, que en él solo tenían cabida las fuerzas del ejército español.

En 1943, tras la batalla de Stalingrado y el avance soviético hacia Alemania, es evidente que los alemanes no van a ganar la guerra. Entonces el Gobierno franquista emprende también un giro de su política internacional que, entre otras cosas, le lleva a decir que las obras de fortificación del Estrecho se emprendieron con carácter defensivo, para evitar una posible invasión de las tropas aliadas. Ésta era la idea que planteaba el gobierno de Franco ante los ingleses y la opinión internacional, aunque en realidad, como claramente se expone en uno de los informes secretos de agosto de 1939, su objetivo era otro: “(...) intentar mantener la ficción de que nuestras obras de fortificación son defensivas no siendo esto exacto más que para la fortificación, pues el plan de empleo de la artillería es netamente ofensivo y de anulación de la plaza inglesa”.

Con todo, las obras continuarían hasta 1945 pero con la excusa oficial de que su exclusiva intención es impedir la posible invasión aliada de las costas del Estrecho. El Gobierno franquista continuó representando su papel de neutralidad, pero en sus planes estaba que si las fuerza alemanas e italianas hubieran llegado a cerrar el canal de Suez, es muy posible que España hubiese cerrado el Estrecho y atacado Gibraltar.

Poco después de terminar la guerra civil, en abril de 1939, el ejército franquista victorioso tenía en el Sur de España 29 campos de concentración, 26 en Andalucía y tres en Extremadura, en los que tenían detenidas a 74.489 personas. En la provincia de Cádiz sólo existían dos, uno en Rota y otro en Puerto Real. La mayor parte de estos presos eran soldados y milicianos del ejército republicano vencido, además de simples ciudadanos detenidos como presos políticos por su condición de sindicalistas o filiación republicana. Pero a partir de julio de 1939, la cosa cambia. El alto mando franquista decide la fortificación de las zonas que considera más estratégicas de la península, los Pirineos y el Estrecho de Gibraltar, y ordena el traslado hacia ellas de grandes cantidades de presos encuadrados en los llamados batallones de trabajadores.

Unos treinta mil presos llegarían a vivir y trabajar en el Campo de Gibraltar entre 1939 y 1945. Ellos hicieron los trabajos más duros: desbroce y allanamiento del terreno, construcción de pistas, descarga y acarreo de materiales, etcétera. La parte más técnica especializada de las obras la realizaban los ingenieros del ejército franquista y civiles con cualificación, pero el trabajo de los batallones era imprescindible.