Aterrorizar a la población

Los sublevados emplearon el terror mediante el asesinato, la cárcel y la tortura contra la población civil indefensa y contra todo el que se opuso a ellos. No sólo buscaban apartar del poder al Frente Popular, sino la eliminación física de todas las personas comprometidas con el régimen republicano.
Lo deja claro el general Mola en la instrucción que da a los conspiradores: “Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta, para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándose castigos ejemplares a dichos individuos, para estrangular los movimientos de rebeldía o de huelgas”.
La guerra contra el pueblo español había sido meticulosamente preparada por los oficiales conspiradores. Sólo faltaba el pistoletazo de salida que dio Franco en África. 

 

Terror


De la cacería y fusilamientos masivos no se salvaron ni los oficiales y suboficiales que se mantuvieron leales al orden republicano. Los generales y coroneles sublevados se ponen manos a la obra con una perversidad brutal y un ansia de poder insaciable que aplican sin vacilar contra sus propios compañeros de armas. El 17 de julio, cuando todavía en la Península la sublevación militar no pasaba de ser un lejano rumor, fueron asesinadas en localidades del norte de África un total de 189 personas, por mantenerse fieles al Gobierno de España. Los que forman el núcleo del nuevo estado naciente se ensañan en aplicar el terrorismo contra todos los que no piensan como ellos. El 19 de julio, el General Mola afirmaba: “Es necesario propagar una imagen de terror (...) Cualquiera que sea, abierta o secretamente, defensor del Frente Popular debe ser fusilado”. Y el 31 de julio afirmó: “Yo podría aprovechar nuestras circunstancias favorables para ofrecer una transacción a los enemigos, pero no quiero. Quiero derrotarlos para imponerles mi voluntad. Y para aniquilarlos”.

Por su parte el general Queipo de Llano, jefe de los sublevados en Sevilla, lo dejaba bien claro en uno de sus discursos por la radio: “Yo os autorizo a matar, como a un perro, a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros: Que si lo hiciereis así, quedaréis exentos de toda responsabilidad. ¿Qué haré? Pues imponer un durísimo castigo para callar a esos idiotas congéneres de Azaña (...) Por ello faculto a todos los ciudadanos a que, cuando se tropiecen a uno de esos sujetos, lo callen de un tiro. O me lo traigan a mí, que yo se lo pegaré (...) Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los rojos lo que es ser hombre. De paso también a las mujeres de los rojos que ahora, por fin, han conocido hombre de verdad y no castrados milicianos. Dar patadas y berrear no las salvará (...) Ya conocerán mi sistema: por cada uno de orden que caiga, yo mataré a diez extremistas por lo menos, y a los dirigentes que huyan, no crean que se librarán con ello; les sacaré de debajo de la tierra si hace falta, y si están muertos, los volveré a matar”.

El 24 de julio Queipo de Llano afirma en un nuevo bando con instrucciones a las tropas que van entrando en los pueblos andaluces y deponiendo a las autoridades republicanas: “Serán pasado por las armas, sin formación de causa, las directivas de las organizaciones marxistas o comunistas que en el pueblo existan y en el caso de no darse con tales directivas, serán ejecutados un número igual de afiliados, arbitrariamente elegidos”.

Las víctimas de esta brutal represión, de esta matanza de civiles indefensos, empezaban a contarse por miles a pocas días de producirse la sublevación. Los rebeldes se enorgullecían de su perversidad moral, como si todos sus crímenes los cometieran en cumplimiento de su deber y al servicio de una causa. No les faltó quienes le aplaudieran. Sobre todo desde los púlpitos y los salones de los casinos.