Una guerra contra el pueblo


El 18 de julio de 1936 un grupo de militares lideró una sublevación que la oligarquía española llevaba años preparando meticulosamente. Sus planes los aceleran tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936. Su objetivo: acabar con la democracia y los avances sociales que la Segunda República representaba y proteger con mano dura los intereses de la clase terrateniente y sus aliados: Iglesia católica, jerarquía militar y banca. Los militares suplantaban a la derecha política que gustosa les cedía el paso. Esperaba de ellos que sometieran a las izquierdas y establecieran un poder absoluto, garante de sus privilegios.

Los generales querían que no se repitiera el fracaso del golpe de estado organizado por Sanjurjo el 20 de agosto de 1932. Liderado desde Sevilla por este general, aquel golpe fracasó porque la mayor parte del Ejército no se sumó a él y porque las organizaciones sindicales declararon en la capital andaluza una huelga general y se enfrentaron a los sublevados. La Sanjurjada fue el primer levantamiento de las fuerzas armadas contra la República desde su instauración en 1931. 

 
Guerra contra el pueblo

 Por eso, en 1936 los planes eran mucho más detallados y los objetivos más ambiciosos. Los conspiradores estaban convencidos de que con un golpe de estado tradicional no iba a ser suficiente. Sabían que la República tenía una amplia base social y que las organizaciones sindicales y políticas de izquierdas iban a defenderla hasta sus últimas consecuencias. Sabían que el golpe no triunfaría y que iban a desencadenar una guerra civil, y por eso se prepararon a conciencia.

Instigados por la hegemónica clase dominante de la nobleza terrateniente, los militares ponían el fusil en una triple alianza en la que la jerarquía católica ponía la justificación ideológica: la guerra contra el pueblo español se convirtió en una cruzada contra ateos y masones. En realidad los mandos militares golpistas eran mayoría en el ejército porque en su mayoría eran descendientes de esa misma nobleza rica y poderosa. Venían de la misma vieja nobleza que había monopolizado antes todos los altos cargos del Reino, y en particular el cuerpo de oficiales del ejército, prácticamente, hasta mediados del siglo XIX todos los oficiales tenían que ser nobles. Además de esa nobleza procedían los miembros de las cúpulas del poder judicial y del eclesiástico.

Amparados en la impunidad que da la condición de clase dominante, los mandos golpistas elaboraron un proyecto muy simple: Controlando la prensa, crearon la amenaza de la toma del poder por hordas revolucionarias y la chusma, provocaron una sensación la desestabilización y caos y se presentaron como la única fuerza capaz de salvar al país, con gran complacencia de la clase terrateniente y hasta de la burguesía. Y desde antes del golpe sabían que para hacerse con el poder absoluto y mantenerlo sin ningún tipo de condicionamiento iban a hacer una guerra de exterminio para no volver a tener nunca enemigos. Una guerra que implicaba la eliminación física de todas las personas que de una manera u otra se habían implicado o simpatizaban con las organizaciones de izquierdas y con los gobiernos de la República. Sólo en Andalucía las tropas franquistas y sus aliados fusilaron a 60.000 personas.