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ACTIVA TU MEMORIA

La memoria de un pueblo está hecha de la suma de las memorias individuales de las personas que lo componen. Construir la verdad de nuestra historia es una labor común de todos los andaluces y andaluzas. Por eso pedimos tu voz y tu palabra. Ayúdanos a esclarecer las atrocidades del fascismo y a recuperar la historia de quienes lucharon por la libertad. 

Si fuiste represaliado por el franquismo, o eres hijo, nieto o descendiente de una persona que luchó por la libertad y la democracia, o que peleó contra el franquismo y sufrió cárcel, persecución o destierro, ponte en contacto con nosotros. Llámanos por teléfono o envíanos un correo electrónico.  

Llama al teléfono 956 640 998 ó escribe al correo electrónico info@casamemorialasauceda.es

También puedes enviarnos una carta, una grabación en audio o un vídeo. Lo que prefieras. Tu testimonio no se puede perder. Entre todos construimos la voz del pueblo y la verdad de nuestra historia.  Activa tu memoria. Construye la memoria de Andalucía.




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VIDAS MARCADAS

JUANA BARRERO RUIZ

Juana Barreno Ruiz es hija de Andrés y Eleuteria. Nació en las Granadillas, un paraje de Jimena cercano a La Sauceda. Tenía un año y medio cuando empezó la guerra. A su padre lo hirieron en un brazo las tropas de Franco que entraron en Jimena: luego lo detuvieron, lo montaron en un camión y nunca más se supo de él. Era un trabajador del campo, que lo mismo hacía carbón que vendía la leche de algunas cabras que tenía. Esos fueron sus delitos. Su mujer, con cuatro hijos pequeños, tuvo que apañárselas sola. Se fue al castillo de Castellar y allí se criaron Juana y sus hermanos. Ella no conoció a su padre. De su madre sólo tiene buenos recuerdos. De su generosidad, de su coraje y de la valentía que tuvo cuando rechazó firmar el papel que le pusieron por delante para que dijera que Andrés Barreno había muerto de muerte natural para poder cobrar la viudedad. Ni traicionó la memoria de su marido ni sucumbió al dolor. Sacó a su familia adelante, para orgullo de sus hijos y nietos.

EUFEMIA DOMÍNGUEZ JIMÉNEZ

Eufemia Domínguez Jiménez era una niña de nueve años cuando los aviones del Ejército franquista sobrevolaron la sierra para bombardear La Sauceda. Ella vivía con su padre, su madre embarazada, y otras dos hermanas en un paraje cercano al poblado donde se habían refugiado muchos gaditanos leales a la República. Su padre, Francisco, carbonero y pequeño ganadero, montó a su mujer, María Jiménez González, y a sus hijas en un caballo y fue a refugiarse a la montaña. Al cabo de unos días las acercó a Jimena y él se unió a un grupo de hombres que resistía en la sierra. Nunca más se supo de él. Los franquistas lo andaban buscando y acabaron encontrándolo y lo mataron en el Marrufo. Como también mataron a su madre, abuela de Eufemia. Ella recuerda con mucho cariño a su padre. Dice que era un hombre bueno y muy querido por sus vecinos. Muchas veces les prometía a sus hijas que se irían a vivir al pueblo, donde podrían estudiar. No pudo cumplir su promesa pero legó a su hija el recuerdo de su honradez y su ternura. Eufemia no ha parado nunca de cultivar ese tesoro.

JUAN GONZÁLEZ RÍOS

Juan González Ríos nació en 1928 y cuando cumplió 9 años ya era huérfano de padre, que había sido ejecutado por las fuerzas franquistas, y hermano de otros dos jóvenes también fusilados. El hermano que le precedía por edad, aún adolescente, murió por haber prestado un pico a quienes cavaban una zanja en San José del Valle para defender el pueblo tras la sublevación militar del 18 de julio. Su padre, Francisco, y su madre, María, cargaron en mulos sus enseres, cogieron a los ocho hijos que les quedaban, y fueron a refugiarse a La Sauceda. Pensaban que en poco tiempo aquel levantamiento sería sofocado y el orden restaurado. Se equivocaron. Juan recuerda con precisión el día que un avión tiró tres bombas sobre el poblado y cómo luego otros tres aparatos sembraban el valle de terror. Su padre llevó a toda la familia al monte pero decidió volver a San José del Valle, pensando que la muerte de un hijo ya era suficiente castigo para ellos. Se presentó en la Guardia Civil y él y su hijo mayor desaparecieron para siempre. Para su viuda y sus hijos comenzó una posguerra de privaciones y silencio.

Juan González Ríos was born in 1928 and when he was nine years old he had already lost his father, who had been executed by Francoist forces, and two of his brothers, who had also been shot. The brother who was immediately above him in terms of age, and was in his teens, died because he had lent a pickaxe to those who were digging a trench in San José del Valle to defend the village after the military insurrection of 18th July. His father, Francisco, and mother María, loaded their possessions onto mules, gathered up the eight children that were left and took refuge in La Sauceda. They thought the uprising would be overcome within a short time, and order would be restored. They were wrong. Juan clearly remembers the day on which a plane dropped three bombs on the community, and how another three aircraft then filled the valley with terror. His father took the family into the mountains but decided to return to San José del Valle, thinking that the death of a son had already been punishment enough. He presented himself to the Guardia Civil, and he and his eldest son disappeared forever. His widow and sons suffered a post-war period full of privations and silence.

SIMÓN HERRERA GAVILÁN

Simón Herrera Gavilán tenía tres años en 1936. Al poco de empezar la guerra se quedó huérfano de padre. Domingo Herrera Rojas vivía en Las Hermanillas, paraje de Jimena de la Frontera. Unos falangistas le robaron las pocas cabras que tenía y se las llevaron al Marrufo, cortijo jerezano próximo a La Sauceda donde las tropas franquistas instalaron un centro de detención y fusilamiento. No le devolvieron las cabras, le quitaron la vida. Simón tenía siete hermanos y su madre, Antonia, murió en 1940. Otra familia de Jimena, los Sánchez, se hizo cargo de los pequeños huérfanos. Simón perdería luego a su hermano mayor cuando fue a la mili y al segundo por una enfermedad del vientre. Él guarda un eterno agradecimiento a la familia que les acogió. Y un deseo vivo de saber más sobre su padre. "Todos los días pienso en él", afirma. Simón ha colaborado activamente con el movimiento de recuperación de la memoria histórica y visitó varias veces las exhumaciones que en 2012 se hicieron en el Marrufo. Tras las pruebas del ADN, ha podido saber que uno de los 28 cuerpos recuperados allí es el de su padre.

ANDRÉS GARCÍA BARRERO

Andrés García Barreno tenía catorce años cuando empezó la guerra. Él vivía con sus cinco hermanos en un paraje de Jimena ya metido en la sierra. Su padre, trabajador del campo por cuenta propia, se llamaba Matías, y su madre Catalina. Su padre se salvó por poco de morir fusilado. Pero dos de sus primos y un tío no tuvieron la misma suerte. Él recordaba con dolor la injusticia que se cometió con ellos, y con otros habitantes de Jimena y su entorno. No se le olvidaban tampoco los aviones que sobrevolaron la sierra para bombardear La Sauceda, y las tropas moras y falangistas que subieron desde Jimena hacia el poblado para sembrar el terror y la muerte. Recordaba a los zapateros, los corcheros y al tendero asesinados, o al joven de 16 años al que los falangistas pusieron de cabrero hasta que se hartaron de él y lo fusilaron. Tenía muy presente el rostro del maestro que estuvo diez años preso, y el hambre y el sufrimiento de la madre de sus primos fusilados. Andrés murió en 2012 pero su testimonio contribuyó a reconstruir la memoria de Andalucía y la historia de la infamia franquista.

SEBASTIAN PINO PANAL

Sebastián Pino Panal nació en Ubrique en 1911. Trabajó como corchero en Castellar y luego en Algeciras. Militó desde joven en la CNT y eso le costó la cárcel incluso antes de la guerra. Cuando las tropas traidoras a la República se sublevaron, Algeciras quedó rápido bajo su dominio. Sebastián se ocultó y logró llegar a Málaga donde se incorporó a las milicias anarquistas. Fue elegido comandante del batallón Fermín Salvochea con el que se incorporó al Ejército regular de la República. Vivió la retirada hacia Almería, cuando la marina franquista bombardeó la población civil de Málaga que huía por la carretera de la costa. Luchó en el citado batallón hasta que cayó preso. Fue condenado a muerte y luego le conmutaron la pena por 30 años de prisión. Nunca abandonó su militancia en la CNT, pues en 1945, ya preso en El Puerto de Santa María, fue elegido secretario comarcal del Campo de Gibraltar. Pasó 21 años en la cárcel. Pero eso no lo doblegó. Hasta el final de sus días mantuvo sus ideales. Murió en 2003 en Algeciras.

hermanos PÉREZ RODRÍGUEZ

Inés, Josefa y Domingo Pérez Rodríguez eran apenas unos niños cuando los aviones bombardearon La Sauceda. Aún conservan el recuerdo de los zumbidos en el aire, las bombas y los tiros. También el de su padre escondiéndolos en una cueva para ponerlos a salvo. Allí pasaron unos días, asustados y con el alma en vilo. Por un boquete que había en el techo su padre entraba y salía del escondrijo en busca de alimentos. Hasta que un día Francisco Pérez Fernández, de 44 años, trabajador del corcho, el carbón o el contrabando con Gibraltar, salió para buscar comida para sus hijos y nunca más volvió. Su madre se quedó sola con cinco niños pequeños a los que alimentar y educar. Fue una posguerra dura para ellos pero sobre todo para su madre, que nunca quiso ponerse luto porque siempre conservó la esperanza de que su marido volviera algún día. Como volvieron algunos familiares que en los años cuarenta regresaron a Algeciras desde Francia cuando todo el mundo los daban por muertos. Inés, Josefa y Domingo, y sus otros dos hermanos hoy ya fallecidos, vivieron con su madre en Los Barrios, y luego en Algeciras.

AMADOR MORA ROJAS

Amador Mora Rojas era maestro y fue alcalde de Tarifa dos veces. En 1931 ocupó por primera vez el cargo, del que fue destituido por el Gobierno del bienio derechista en 1933. Volvió a la alcaldía tras el triunfo del Frente Popular en mayo de 1936. Antes de la guerra ya sufrió los ataques furibundos de la derecha terrateniente de esta ciudad por su gestión a favor de los pobres y en pro de la enseñanza laica e igual para todos. Al producirse la sublevación militar, Amador huyó con otros tarifeños hacia Málaga donde se alistaron al batallón Pablo Iglesias del ejército republicano. Entre tanto, las tropas franquistas fusilaron a su mujer, Antonia Martín, y a sus hijos Carmen y Miguel. Amador Mora murió combatiendo en el frente de Córdoba, cerca de Pozoblanco. En Tarifa, todos los bienes de la familia fueron confiscados, robados o saqueados. Los dos hijos supervivientes, Juan y Antonia, solo recibieron el bolso que la madre había dejado en la cárcel de Algeciras antes de que fuera fusilada y los pendientes ensangrentados de Carmen, la hermana mayor, que fue ejecutada en Cádiz.

JOSÉ LOBATO ALCONCHEL

José Lobato Alconchel era hijo de Juan y María y tenía seis años cuando La Sauceda fue bombardeada por aviones franquistas. “El día de las bombas... De eso me acuerdo yo mejor que de lo que desayuné esta mañana”, decía José en 2010 cuando lo entrevistamos, un año antes de su muerte. Tirado en el suelo de su casa y tapado bajo una manta, José vivió con la inocencia de un niño lo que para los habitantes de La Sauceda fue una tragedia que marcaría sus vidas para siempre. Al día siguiente, con su familia fue obligado a andar hasta el cortijo del Marrufo, donde todos permanecieron detenidos. Su padre salvó la vida porque medió ante la Guardia Civil un amigo recovero que a su vez era amigo de un alto mando. Pero a su tío lo fusilaron. José recordaba cómo a los que iban a ser ejecutados los metían en la capilla del cortijo la noche antes. Al amanecer, los falangistas los obligaban a bajar a un descampado cercano, a cavar su propia tumba y luego los fusilaban. El teniente José Robles apuntaba cada tarde en una lista los nombres de los que serían ejecutados.

FRANCISCO SERRANO GÓMEZ

Francisco Serrano Gómez nació en Los Barrios en 1913. Su padre fue acusado de robar un cochino que su madre repartió con los vecinos de chabola. Toda la familia fue condenada al destierro y se fueron a vivir debajo de un puente en Algeciras. Criado en la pobreza, trabajó desde niño en empleos esporádicos hasta que entró en una fábrica de corcho donde se hizo amigo de trabajadores anarquistas. Se afilió a la CNT y fue muy activo en el sindicato. Salvó la vida de milagro tras la sublevación militar y logró huir a Jimena y Estepona, donde con otros compañeros organizó el batallón Fermín Salvochea. En la huida de Málaga a Almería, vio indignado cómo los barcos y aviones fascistas disparaban contra hombres, mujeres, ancianos y niños. La guerra lo empujó hasta Barcelona donde ejerció de guardia de asalto al servicio de la República. En 1939 cruza a Francia donde luchará contra Hitler en el maquis. Acabada la Guerra Mundial permaneció en Francia trabajando como minero y agricultor. Los últimos años de su vida los pasó en Madrid, donde escribió un librito de memorias titulado El diario de un aburrido. Falleció en 2015.

FRANCISCA RODRÍGUEZ GUTIÉRREZ

Francisca Rodríguez Gutiérrez tenía tres años cuando empezó la guerra en que su abuelo, Juan Rodríguez Reviriego, fue fusilado por ir a reclamar las cabras que se le habían escapado a una finca controlada por los falangistas. Su padre, Manuel Rodríguez Herrera, huyó al monte temiendo la misma suerte. La choza en que vivía con su mujer y dos hijas, en un paraje entre Jimena y La Sauceda, fue incendiada por las tropas franquistas. Él paso tres años escondido en una cueva y cuando se atrevió a regresar junto a su familia, fue condenado a pena de prisión. Estuvo seis meses en la cárcel. Su hija recuerda perfectamente el día en que volvió a ver a su padre. También, las penalidades que sufrieron después de la guerra y los años de silencio y temor que vivieron a lo largo de los años posteriores. Hoy, Francisca y su hermano Juan Manuel buscan los restos de su abuelo. Piensan que puede estar en las fosas del Marrufo o en algún lugar del valle de La Sauceda. Darle un entierro digno es su mayor anhelo.

MANUEL MARQUEZ RODRIGUEZ

Manuel Márquez Rodríguez, linense nacido en 1915, luchó en defensa de la República y sufrió cárcel y destierro. Tuvo que huir de La Línea en noviembre de 1936, acosado por un jefe de la Falange que lo amenazó. Pasó a Gibraltar y de allí a Tánger, donde estuvo dos años. En 1938 embarcó hacia Marsella y de allí pasó a Cataluña. En Valencia se enroló en el Ejército de la República, en el que fue miliciano de la cultura, como maestro de los soldados a los que enseñaba a leer y escribir y las nociones más básicas de las asignaturas fundamentales. Resultó herido en la guerra y su final le pilló en Madrid. De vuelta a La Línea fue detenido y enviado a un campo de concentración de Málaga. Puesto en libertad condicional, en 1940 fue hecho preso otra vez y enrolado en un batallón de trabajadores en el campo de concentración de Botafuegos, en Algeciras. Al terminar su condena se fue a Tánger, donde pasó buena parte de su vida. Jamás perdió el contacto con La Línea, ni con la Balona, club de fútbol del que es uno de los aficionados más leales.

RAFAEL SÁNCHEZ MACHUCA

Rafael Sánchez Machuca es un vecino de Taraguilla que en 1936 tenía poca más de cinco años. Su padre, Manuel, y su madre, María, tenían otros diez hijos a los que criar. Eran trabajadores del campo que vivían cerca de La Sauceda. Manuel salvó la vida milagrosamente, pero no así algunos de sus vecinos, de los que Rafael tiene aún recuerdos. Dos de sus tíos pasaron diez años en la cárcel. Como otros muchos niños pasó hambre y tuvo que empezar muy pronto a trabajar. No se le olvida el primer avión que vio en su vida, el mismo que sobrevoló la sierra antes de bombardear La Sauceda, ni la fila de hombres presos que trabajaron años más tarde haciendo la carretera de Alcalá a Puerto Gali. Pese a su corta edad entonces, Rafael tiene algunos recuerdos imborrables, como cuando oyó por primera vez la palabra rojos, dirigida despectivamente al grupo de hijos de rojos del que él formaba parte.

FRANCISCO LÓPEZ HERRERA

Francisco López Herrera, Currito, nació en 1922 en Jimena pero se crió en la Estación de San Roque, donde pasó la infancia y la adolescencia. Tras la guerra tuvo que huir al monte para que no le pasara como a su padre: morir fusilado por defender a la República. Vinculado al Partico Comunista de España, se unió a la guerrilla cerca de Ronda y trabajó llevando suministros y haciendo de enlace para la Agrupación Guerrillera Fermín Galán. Herido por la Guardia Civil al poco de incorporarse a la guerrilla estuvo a punto de morir. Pero se recuperó y volvió a la lucha. Fue detenido el 18 de julio de 1949 y juzgado en Sevilla junto a otros diez compañeros. De los once encausados, siete fueron fusilados y cuatro, entre ellos él, vieron conmutada la pena capital por cadena perpetua. Preso en el penal de Burgos, el primer año lo pasó en celdas de aislamiento. Salió en libertad en 1966. Volvió a San Roque, donde lo esperaba su novia, Ana, con la que vivió hasta su muerte en 2009. Comunista siempre, comentaba que, si hacía falta, él estaba dispuesto a echarse al monte otra vez.

FRANCISCA LOBATO DOMÍNGUEZ

Francisca Lobato Domínguez tenía siete años y vivía con sus padres y dos hermanos cuando estalló la guerra. Su padre, Roque, fue ejecutado por las tropas franquistas que tomaron La Sauceda. Allí, cerca de la ermita, fue enterrado clandestinamente por sus verdugos. Su mujer y sus hijos fueron conducidos, junto al resto de la población, al cortijo del Marrufo, donde permanecieron detenidos. Francisca recuerda muy vivamente la capilla donde estaban detenidas las mujeres con los niños y los lamentos de los presos que eran sacados para ser fusilados pendiente abajo. También recuerda cómo su madre, ya viuda, se fue a vivir cerca de Castellar y cómo se puso a trabajar de recovera. Iba y venía andando de Jimena a La Línea para vender sus mercancías y sacar el sustento con que alimentar a sus hijos. Ni su madre ni ella olvidaron nunca lo ocurrido y unos años después de la muerte del dictador Francisca pudo dar sepultura digna a los restos de su padre. Alguien había puesto una losa sobre el lugar donde había sido enterrado y pudieron localizarlo. Los asesinos fallaron en su intento de borrar para siempre las huellas de su crimen